2014

 

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Se acaba el 2014. Quería escribir un post laaaaargo, lleno de metáforas, salpicado de cursilería varia-pero-honesta. Pero no, seré concreta pero errática, no gimotearé por las incertidumbres e inseguridades, complejos, tristezas y así, tampoco les hablaré de mi programa para coleccionistas, eso ya está explicado en su sección correspondiente de esta página, tampoco presumiré lo mucho que me aman, esa parte la mantengo en el centro, apuntalando lo demás.

En estos doce meses aprendí más lecciones sobre vivir del arte, además, pude compartirlas con artistas más jóvenes en la Feria de Ilustración Arteria. Adoptamos otra perrita, llegó Totasa a nuestras vidas a completar la familia, mejoramos nuestra receta de ramen tonkotsu, reavivamos nuestro adormecido gusto por los videojuegos, nos hemos indignado hasta las lágrimas al contar hasta 43, he dibujado muchísimo, canté mucho de manera desvergonzada, he empezado a gestar mi próximo libro, dejé atrás el pasado, he aprendido a cocinar, a ser mejor administradora, he vendido y también regalado mi trabajo, he exigido saber, he rechazado propuestas, he dormido más, visto mucho cine, conocido más a mi gente, reencontrado otras, y por sobre todo, me he dado cuenta de que el lugar donde más feliz soy es en mi hogar, entiéndase donde estén mi amor, mis perritas, mis tintas y papeles.

¡Ah! Y que de la fértil duermevela me traeré las imágenes bellas y perturbadoras para mi libro. Por cierto ya tengo el título, pero no lo voy a revelar aún.

También hay gente a la que quiero ver más, que no se me desvalaguen. Mi círculo es pequeñito pero sustancioso.

En fin, gracias 2014, por cerrarme el hocico y sorprenderme.

Vente 2015, sé luciferino y delicioso. Aquí hay tinta y ramen para ti.

 

 

 

En la Feria de Ilustración Arteria

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Tuve el honor de ser invitada a dar una conferencia dentro del marco de la tercera edición del Festival Arteria de Ilustración. La conferencia más bien se convirtió en una rica charla en la que compartí recomendaciones para avanzar en una carrera en las artes visuales, para poder comercializar la obra y a final de cuentas, poder vivir dignamente de esto. Todos los tips que compartí los he ido aprendiendo a lo largo de catorce años en este camino, y como le comentaba a la audiencia: si al aplicar algo de lo que di a conocer se ahorran unos años y progresan a mayor ritmo de lo que yo lo he hecho, pues qué maravilla, ése era mi objetivo. Uno empieza una carrera en las artes sin tener idea de para donde jalar o qué hacer, lo único que deseas es dibujar. Pero si defines los objetivos a largo plazo creo que los alcanzarás más rápido. Yo, como les comentaba a los artistas más jóvenes que me escuchaban, también he sido receptora de sucesos afortunados, pero si ello me ha pasado, es porque he procurado estar en constante exposición, ninguna de las personas que se han vuelto importantes en mi carrera ha ido a tocar la puerta de mi casa. Más bien ha sido al revés y he sido yo quien ha estado tocando puertas, consciente de que algunas nunca se abrirán.

Pero otras tantas sí.

Me hubiera encantado poder haber escuchado mi propia charla en su momento, me figuraba que ahí estaba mi yo más joven, poniendo atención, ñoñamente tomando notas, dispuesta a poner en práctica los consejos escuchados. Al final hubo una ronda de preguntas y respuestas, intenté contestarlas lo mejor posible, creo que lo hice bien. Fue la primera charla de este tipo que brindé y me gustó. Me gustó ver tanto joven súper talentoso. Me gustó devolverle al arte un poco de todo lo que me ha dado.

Ramen Tonkotsu love

Nuestro amor por el ramen tonkotsu comenzó en Los Ángeles. En octubre de 2012 para ser más exactos. Estaba en California para la apertura de una exposición en el Consulado de México y planeando todo para quedarnos a vivir. Una noche, la asistente del agregado cultural del Consulado, Mariana Bermúdez, nos tendió un inocente volante de un restaurante de ramen donde, celebrando su aniversario, el lugar ofrecía los bowls de ramen a sólo tres dólares. El lugar, llamado Shin-Sen-Gumi, estaba en Little Tokyo. Quedamos de vernos en el lugar más tarde.

Nunca habíamos estado en Little Tokyo, terminamos llegando en el auto de mi coleccionista, quien resultó ser también un entusiasta del ramen y se nos unió tras conocer nuestros planes luego de una junta.

El lugar era pequeñito, nos tocó una mesa en la terraza, con vista a la calle y a la multitud que esperaba su turno. La mesera, con eficiencia nipona, nos pasó unas hojitas donde debías especificar cómo querías el ramen: caldo espeso, mediano o ligero, poco o mucho aceite, tallarines medianamente suaves o súper blanditos, si deseabas que le pusieran chashu o gengibre. Abajo venía una larga lista de toppings, la idea era que tacharas cuáles te apetecían, algunos de los que recuerdo son: germinado de soya, tocino, costillita de puerco, puerco empanizado, huevo duro, cebolla crujiente, ajo fresco, bambú, granos de maíz, miso picante, oreja de cerdo, etc. Taché varios, pero conforme pasamos meses allá, fuimos refinando el gusto hasta casi no necesitar topping alguno.

Trajeron la sopa, el caldo era blanco, caliente, untuoso, exquisito, diminutas partículas de grasa flotaban por toda su superficie, pero eran tan suaves que se te desbarataban en la boca. Fue una especie de epifanía. Nunca había comido algo así. Se convirtió, junto con la comida iraní, -luego hablo de esa- en el platillo que nos reconfortaba en la adaptación a vivir en EU. Luego volvimos a México y nos dio por querer prepararlo, ya que ninguno de los restaurantes que sirven ramen en esta ciudad, ninguno, ofrece ramen tonkotsu.

Bueno, pues ahora a lo que nos truje, les voy a explicar cómo preparar un caldo tonkotsu. Primero, necesitan manitas de puerco cortadas a lo largo, el corte ayuda a que la extracción de colágeno sea más eficiente, también huesos de pata de puerco. Los huesos de pollo aportan sabor, pueden usar cualquier hueso de esta ave, nomás cuiden de que vengan casi sin piel ni carne. Un ramen para 30 personas necesita más o menos un kilo y medio de cada tipo de huesos y unas cinco manitas de cerdo.

Ahora les revelo un secreto para que su caldo salga blanco, no café. Primero laven bien los huesos bajo el chorro del agua del fregador, luego pónganlos a hervir en una olla con suficiente agua para taparlos, primero los de cerdo y, en otra tanda, los de pollo. Déjenlos hervir por unos 15 minutos, hasta que vean que ya no sale más sangre y mugrita varia de los huesos. Sáquenlos y lávenlos de nuevo. La idea de este paso es dejar los huesos lo más limpios posible. Laven la olla y ahora sí ya estamos listos para comenzar. Vuelvan a meter todos los huesos y las manitas, viertan suficiente agua hasta que el nivel esté a unos centímetros por encima de los huesos y enciendan la hornilla a fuego alto.

Mientras sus huesos están ya en proceso, tomen unas tres cebollas grandes, rebánenlas finamente y apártenlas. Hagan lo mismo con tres cabezas de gengibre, pelen los ajos de tres cabezas de ajo pero no los piquen, déjenlos enteros. Ahora pongan un chorro de aceite en una sartén, calienten y viertan en ella el gengibre y el ajo. Caramelizen hasta que luzcan cafés. Luego todo eso pónganlo aparte y caramelizen toda la cebolla en el aceite que usaron para el paso anterior.

Mientras hacen todo esto, vayan checando cómo va su caldo, retiren con un colador o una cuchara cualquier rastro de espuma o incluso de sangre que pueda salir a la superficie. Cuando su caldo ya no esté liberando nada más, incorporen la cebolla, el gengibre y el ajo junto con tres cucharadotas de pimienta blanca. Esto volverá al caldo una delicia aromática. Nosotros recomendamos que más o menos cada 15 minutos revuelvan los huesos, esto para que no se queden mucho tiempo en el fondo de la olla y se quemen. Más o menos cuando su caldo lleve unas cinco horas hirviendo, podrán regocijarse y ver cómo comienza a tornarse blanquecino, OH SÍ.

Otra cosa, más o menos cada media hora chequen el nivel del caldo, el agua se va evaporando y necesitan ir añadiendo más, agreguen un litro de agua más o menos cada hora.

En cuanto a los toppings, nosotros hasta ahora somos fans del tonkatsu, o sea finos bisteces de puerco empanizados, tocino crujiente, ajo fresco molido, cebollín, ajonjolí tostado y huevo cocido. Pronto experimentaremos para preparar el riquísimo chashu (puerco rebanado asado muy muy lentamente), ya les avisaré.

Cuando su caldo ya haya llegado a las ocho horas de ebullición, tomen un poco con una cuchara y pruébenlo, este es el momento de ajustar la sal a su gusto.

Para servirlo, recomendamos vertir un chorrito de aceite de ajonjolí en el bol antes de colocar la pasta y el caldo.

¡Disfruten!

Exposición “Las Historias” en Diana Martin Gallery

Este sábado 22 de Noviembre, al filo de las 20:00 horas, en Diana Martín Gallery abrimos las puertas para esperar a nuestros amigos, familia, coleccionistas y demás personajes amantes del arte. La noche anterior nos habíamos afanado en la museografía y la curaduría de las obras. Los clavos ya estaban en su lugar, las paredes resanadas y pintadas. Las cédulas listas. Los focos cambiados, listas las lámparas de aceite que decoraron la mesa de hierro forjado y azulejo del jardín.

La mañana del 22 nos encontró preparando el ramen tonkotsu que ofreceríamos por la noche, -ya haré un post específico sobre el ramen, por si gustan prepararlo en sus casas- elegimos este platillo porque lo amamos, porque como todo lo que vale la pena en la vida, toma tiempo, y porque nos encanta compartir nuestros hallazgos deliciosos.

La gente comenzó a llegar muy puntual, un par de minutos antes de las ocho incluso, al principio se veían pocos pero hubo un momento en el que ya estaba la galería repleta. Nunca habíamos tenido tantos invitados. Jos se afanó en servirles el ramen, había personas haciendo fila para la cena, otras miraban la obra y leían las historias. Yo trataba de platicar con todos, una tarea complicada porque verdaderamente eran muchos. Estábamos muy contentos, medio estresados porque queríamos atenderlos a todos muy bien pero felices por la afluencia. Al filo de las nueve dí el discurso inaugural, esta vez no lo anoté, improvisé, agradecí, expliqué de que iban las historias, los y las invité a leerlas toditas, y sobre todo, que tuvieran en cuenta que estas historias, las que yo había escrito, estaban muy lejos de ser las únicas que los cuadros podían inspirar, que cada uno de ellos podía hilvanar la suya propia a partir de mi trabajo. El programa de coleccionistas lo expliqué a partir de ejemplos de mis fieles compradores.

Amé ver que las personas no se cansaban de observar. En un punto hubo una mini crisis: eran tantas personas que se nos terminó la pasta. Jos se lanzó, heroico, a comprar más. Al final todos pudimos cenar bien y rico. El caldo se terminó. Cuando me subí al banquito para poder mirar hacia adentro de la olla no lo podía creer.

Hace un año creía que no iba a poder con el peso de mi vocación, pero las cosas se han movido y fluido noblemente.

Me emociona lo que me depara el futuro.

 

El primer año del Programa de Coleccionistas

Hace un año comenzamos el Programa de Coleccionistas en la Diana Martin Gallery. En una noche de muchos nervios e incertidumbre decidí lanzar esta nueva modalidad para adquirir obra y, ahora que cumple su primer año puedo compartirles que ha sido una experiencia llena de agradables sorpresas y gratitud. Por años no había tenido la libertad de decidir a quién venderle mi obra y aquellas personas que deseaban poder comprar de nuevo no habían podido hacerlo, en esa noche me reencontré con ellos y recibí su apoyo y admiración de nuevo.

El próximo 22 de Noviembre, un sábado al filo de las 20:00 horas, presentaré la mayor parte de la obra que he producido en este año en el que he trabajado sin un hilo conductor definido, -como en mis otras series- sino que más bien cada obra puede ser el inicio de una nueva historia, de ahí que el título de esta muestra sea, precisamente “Las Historias”. Esta será la primera de mis exposiciones en la que cada cuadro estará acompañado de la historia que cuenta, en vez de conformar entre todas, una sola.

“Las Historias” es una muestra que refleja las múltiples direcciones que tomó mi creatividad después del ciclo de haber trabajado con dos mecenas diferentes, expresando, tal vez, las diversas posibilidades abiertas ante mí. Y ahora, después de haber explorado los inicios de tantos caminos, sé cuál seguir para el próximo año.

Los y las invito de todo corazón a mi casa/galería a que conozcan “Las Historias” a que platiquemos, cenemos y brindemos, a que se llenen los ojos con la obra y a que sean parte de este grupo de personas extraordinarias que apoyan mi trabajo, a celebrar que durante los últimos doce meses, soy más feliz que nunca haciendo lo que mejor sé hacer.

Entran tres chicas a un teibol…

El último día de enero fuimos a un teibol.
íbamos a ser varias, probablemente un quinteto. Al final, paradas frente a los guardias trajeados de la alfombra roja que marca la entrada al recinto, sólo estuvimos tres. Llegamos bastante temprano, apenas eran las 10 de la noche y el tráfico de López Mateos rugía a pocos metros.
“Sólo pueden entrar hombres” nos informaron.
“Ah, pero es que usted no sabe, una de nosotras es hombre” le espeté socarronamente al vigilante. Cuando éste puso cara de incredulidad y también de curiosidad, tratando de adivinar cuál de nosotras era el hombre travestido, le dije que no se lo creyera, que era broma. Pero que nuestras intenciones de entrar y pasarla bien eran de lo más solemnes.
De las primeras cosas que advertí es que bajo el cielo oscuro puedes hacer pasar como elegante cualquier prenda medianamente bien cortada. Los refinados guardias deliberaron entre ellos unos instantes y al final nos condujeron hasta la recepción forrada de tela carmesí. Ahí, a la izquierda estaba la puerta de ingreso con su correspondiente arco detector de metales. A la derecha, impresa en una hoja de papel bond pegada con una tachuela colgaba la lista de licores que se ofertaban con sus respectivos precios, la botella de Absolut: un poco más de mil pesos. No sabíamos si íbamos a poder entrar pero ya habíamos decidido que eso beberíamos.

Los caballeros tras el escritorio-recepción de bordes curvos seguían muy serios. Yo ya consideraba llamarle al novio de alguna de nosotras para usarlo como salvoconducto, aunque un hombre entre nosotras hubiera cambiado el tenor de toda la noche. Ultimadamente debimos parecerles una especie de respetables lesbianas enclosetadas dispuestas a gastar una lana
porque nos dejaron pasar. La entrada costó 180 pesos, con un sexy de dos minutos incluido con la chica que gustaras, siempre y cuando atendiera mujeres.

Antes de que inciara la noche tenía sueño. Pero cuando atravesamos el arco y por fin nos internamos en el bule la emoción me puso alerta inmediatemente. El piso, las paredes, forradas de tela roja, pulsaban suavemente con las luces danzarinas de colores que giraban sobre la pista de baile en forma de ocho. Elegimos una mesa rodeada de sillones empotrados en la
pared. Uno de los lugares más iluminados del negocio.

Una de las chicas tomó el sinuoso escenario, su figura gordibuena se contoneó con languidez, una de sus manos aferrada a uno de los dos tubos metálicos, dominando los pasos sobre sus tacones negros, altos como el vértigo. Se nos acercó un mesero, solícito como pocos. Se identificó como: “El negrito”. Pedimos el vodka aderezado de tres chicas que atendieran chicas. Lo que solicitamos llegó enseguida.
La muchacha que se sentó a mi lado dijo llamarse Judith. A menos ese es su nombre en sus jornadas nocturnas. Es de figura menuda y delicada, con una cara en forma de corazón, como de princesa. Sus ojos eran de un azul pupilente, le daban un aspecto desconcertante a su rostro; como de algo irreal, como de un personaje de teatro, bajado de las tablas para hablar contigo. Su piel blanquísima estaba cubierta por transparencias de intrincados encajes y una delgada membrana de seda. No está permitido tocarlas. No me aguanto la curiosidad y comienzo a hacerle preguntas. Es de Monterrey, tiene 19 años, quiere ser criminóloga.

Una señora regordeta circula por el teibol, parece una de esas magníficas cocineras de fritangas callejeras. Judith dice que ella es la “Mama”, una figura cuya encomienda es hacerlas sentir bien, ver por ellas, que coman, procurarles un analgésico si tienen cólico, dolor de cabeza. Consolarlas si están borrachas, cuidarlas de los hombres que se propasan. A final de
cuentas, me queda claro que la Mama está ahí para chiquearlas. Eso me da gusto, es como una antítesis de la figura explotadora y cruel de la Madrota o del Padrote.

“De hecho se come muy rico aquí, hoy hay pescado, lasaña, pizza. El cocinero hace platillos muy ricos. También puede prepararte una ensalada si estás a dieta. Ustedes pueden ordenar de cenar si gustan” me dice Judith.

No hay un casting para trabajar aquí. Simplemente te presentas a una entrevista y comienzas al caer la noche. La jornada es de 10 pm a 6 am. Tienen sueldo base, lo que quiere decir que si quieres te la puedes pasar sentada. Pero el verdadero dinero lo haces con los bailes, con los sexies privados y claro, con el sexo.

“Una sesión de sexo cuesta alrededor de tres mil pesos. El condón es obligatorio y hay alguien afuera del cuarto cuidándonos por si el cliente se pone mal”

Judith tiene que interrumpir su charla conmigo para subir a bailar, para mi sorpresa, se contonea al ritmo de “Strawberry Fields” mientras se va despojando de sus velos y prendas encaje hasta quedar topless y con nada más que una tanguita y sus taconazos.
Para esto, no crean que Judith se quedó a compartir de manera gratuita tantos detalles de su vida, tuve que comprarle una diminuta bebida que parecía de juguete, 250 pesos de prácticamente puro jugo de naranja con un chorrito de alcohol.

“Es que tampoco nos podemos poner borrachas tan rápido”

Una de las chicas que conversaba con otra de mis amigas se hace llamar Ángel, he de serle justa, sí hace honor a su nombre. Sus tacones de aguja son de plástico transparente, dentro del tacón hueco bailan miles de partículas de brillantina.
“A mí, la verdad, me caga estudiar” declara con desparpajo.
Judith dice que son libres de elegir su vestuario, la música y sus pasos de baile. Nadie las fuerza a nada. La truculenta historia de explotación que yo esperaba encontrar no aparece. La truculencia eso sí, está en los gajes del oficio, detalles que enumera Ángel con la pierna cruzada: la chica que estaba masturbando a un cliente en público, tener que aparentar que te
gusta un cliente para que te compre más bebidas o bailes privados, los furtivos agarrones de trasero, las confesiones de los hombres acerca de vidas insatisfechas, o aquella memorable ocasión en la que ingresó un grupo de mujeres y, tras aposentarse en el rincón más oscuro, esperaron a que llegara el marido de una de ellas. “Cuando el infeliz apareció, se le fueron encima a gritos y golpes”.

El solícito mesero me insiste, por enésima vez, que si le invito otro trago a Judith. Declino y ella se despide, toda sonrisas, diciendo que me contactará para que le haga un dibujo porque las paredes del depa que comparte con sus roomies, también bailarinas, están muy pelonas.

A estas alturas de la noche he visto a tantas chicas en lencería revoloteando alrededor de los caballeros arrellanados en los sillones que comienzo a apreciar en vivo el magnetismo de una dama enfundada en ropa interior breve y exquisita. Sí que vimos a muchas de ellas con la pinta clásica, el estereotipo burdo de la teibolera: pelo más allá de la cintura, en capas, usando tangas que apenas si son unas ligas alrededor de las caderas. Pero otras, como Judith, demuestran audacia al tener otro estilo, más fino, en la sensualidad.

Entonces tomó el escenario una mujer que me impresionó, era como una aparición de los años treintas: alta, con su cabello cortado estilo bob, lacio, brillante. Su fleco liso y sus labios rojos, su cintura breve a medio camino entre los grandes pechos y las amplias caderas. Lucía no como una muñequita recién dejando la pubertad, como Judith, sino como una dama que ha visto y vivido, con un cuerpo acorde, capaz de revelarse con sus secretos y recuerdos. Llevaba ligueros de encaje negro por debajo de un vestido de gasa color aguamarina, su figura se develaba desnuda a instantes según sus movimientos. Preguntamos por ella al mesero y tras terminar su baile, Katia llegó a nuestra mesa.

Primero le bailó a una de mis amigas, contorsionó su torso con tan elasticidad que pareció desprovista de huesos, frotó rítmicamente su entrepierna contra la rodilla de ella, moviendo sus caderas hacia adelante y atrás, con la espalda arqueada, las piernas dobladas. Los meseros se apiñaron a nuestro alrededor, deseosos de ver. Indignada y divertida, los hice irse. Para un baile privado debes pagar más. Luego me tocó a mí. Me moría de nervios.

Nunca, a diferencia de otras mujeres heterosexuales, me han dado “asco” las mujeres, simplemente hasta ahora no se me han antojado de ese modo, por eso cuando Katia se sentó a horcajadas sobre mis caderas, balanceándose y frotándose placerosamente, mis impresiones corrieron de manera cerebral, analizando el momento, pensamiento tras pensamiento: esto es lo que un hombre ve, lo que un hombre siente, esta dulzura, este perfume. Katia me dejó tocarla, -tal
vez una concesión por ser mujer- deslicé mis manos torpes por la curva nívea de sus nalgas, por su cintura y su pelo, por ese peinado que me había encantado. Le pregunté dónde había comprado sus ligueros.

“En el mero centro, en Enrique González Martínez”

Luego se irguió y apoyó las manos a cada lado de mi cabeza, inclinó su pecho hacia mí y mi cara quedó hundida entre sus senos. Nunca había sentido el cuerpo de otra mujer, sólo visto y admirado la estética de su diseño. Cuando terminó, se despidió de mí con un brevísimo beso en la boca. Pura suavidad.

Y pues nada, que sigo esperando a que Judith me contacte para dibujarle.

Lux, la regalaojos

Una de las perras rabiosas de hambre, una cachorrita, aceptó los ojos que Lux le ofreció sin comérselos. Ahora es la mascota de la regalaojos.Tinta sobre papel.

La mayoría ciega

El ciego fuente de ojos nunca quiso ver. Tampoco el grueso de las tortugas desnudas. Sobraron ojos en esta parte del mundo donde la mayoría nace sin ellos.Tinta sobre papel.

Para que deseen ver

Lux provoca el deseo en los sin-ojos desnudándose y mostrando los ojos sobre su cuerpo a manera de bandeja. Algunos sucumben a la tentación de ver y llenan sus vacías cuencas oculares.Tinta sobre papel.

Interludio

Una tortuga desnuda y una mujer que decidieron aceptar los ojos se reúnen a tomar un tecito. Los dos están de acuerdo en que ver no es para todos.Grafito sobre papel.

Mal tercio

Lux está muy triste. Su proyecto de llevar ojos a su parte del mundo no está teniendo el éxito que ella pensaba. Sube al lomo de una tortuga sin darse cuenta de que no la dejará intimar con su compañero.Tinta sobre papel.

Visión rechazada

Una buena amiga de Lux pondera las ventajas y desventajas de ver. Tras una larga deliberación, se decide en contra. No revela sus razones, pero la culpa le hace prometer a Lux que la ayudará a lograr que más sin-ojos deseen ver.Tinta sobre papel.

Las ciegas rabiosas

Se ha corrido la voz de la mujer que anda por ahí repartiendo globos oculares en una bandeja de plata. Hay quienes desean los ojos no para ver, sino para tener algo que llevarse a la boca. Lux ya huele a ojos,y de una manera que les es irresistible a una manada de hambrientas perras negras callejeras.Tinta y grafito sobre paper.

Nuevo novio

Lux encuentra a alguien que podría ser su pareja ideal: un hombre que no vive en su cabeza sino entre su corazón y las tripas.Grafito sobre papel.

Padre que regresa

Una dama que aceptó los ojos ofrendados por Lux espera al padre de su hijo. Ahora que puede verlo regresar, se da cuenta de que es un fiero dragón rojo.Acuarela y grafito sobre papel.

Los enterradores

Lux entrega pares de globos oculares a los enterradores de blancas túnicas. Siendo un pueblo extremadamente cortés, los aceptan. Pero cuando Lux se marcha hacen lo que mejor saben: enterrarlos en la tierra húmeda. Por alguna razón, ver es algo que no les interesa.Tinta sobre papel.

Ofrenda

Lux toma más globos oculares de las entrañas del ciego maravilloso. Emprende un viaje a lomos de una tortuga desnuda para ofrendarlos a los sin-ojos que viven al otro lado del mar.Grafito y tinta sobre papel.

Los ojos del marido

Una Lux despechada les muestra a sus amigos, -aunque la mayoría no puede verlos- los ojos que alguna vez obsequió a su marido y que ahora reclamó de vuelta. Lux trata de no amargarse. Decide darle los ojos a alguien que mejor los merezca. Grafito sobre papel.

La planicie de las tortugas desnudas

En esa tierra en la que pocos nacen con ojos, existe una amplísima planice donde pacen sin prisas las tortugas desnudas. Hubo un tiempo en el que circularon por el mundo de la gente. En aquel momento tenían caparazón, pero una mala negociación las llevó a perderlo.Grafito sobre papel

El Infiel

De las primeras cosas que Lux hace al tener una fuente de globos oculares, es obsequiarle un par a su compañero. Desgraciadamente para ella, él pierde el control al poder ver y le es infiel en repetidas veces.Grafito sobre papel