Entran tres chicas a un teibol…

El último día de enero fuimos a un teibol.
íbamos a ser varias, probablemente un quinteto. Al final, paradas frente a los guardias trajeados de la alfombra roja que marca la entrada al recinto, sólo estuvimos tres. Llegamos bastante temprano, apenas eran las 10 de la noche y el tráfico de López Mateos rugía a pocos metros.
“Sólo pueden entrar hombres” nos informaron.
“Ah, pero es que usted no sabe, una de nosotras es hombre” le espeté socarronamente al vigilante. Cuando éste puso cara de incredulidad y también de curiosidad, tratando de adivinar cuál de nosotras era el hombre travestido, le dije que no se lo creyera, que era broma. Pero que nuestras intenciones de entrar y pasarla bien eran de lo más solemnes.
De las primeras cosas que advertí es que bajo el cielo oscuro puedes hacer pasar como elegante cualquier prenda medianamente bien cortada. Los refinados guardias deliberaron entre ellos unos instantes y al final nos condujeron hasta la recepción forrada de tela carmesí. Ahí, a la izquierda estaba la puerta de ingreso con su correspondiente arco detector de metales. A la derecha, impresa en una hoja de papel bond pegada con una tachuela colgaba la lista de licores que se ofertaban con sus respectivos precios, la botella de Absolut: un poco más de mil pesos. No sabíamos si íbamos a poder entrar pero ya habíamos decidido que eso beberíamos.

Los caballeros tras el escritorio-recepción de bordes curvos seguían muy serios. Yo ya consideraba llamarle al novio de alguna de nosotras para usarlo como salvoconducto, aunque un hombre entre nosotras hubiera cambiado el tenor de toda la noche. Ultimadamente debimos parecerles una especie de respetables lesbianas enclosetadas dispuestas a gastar una lana
porque nos dejaron pasar. La entrada costó 180 pesos, con un sexy de dos minutos incluido con la chica que gustaras, siempre y cuando atendiera mujeres.

Antes de que inciara la noche tenía sueño. Pero cuando atravesamos el arco y por fin nos internamos en el bule la emoción me puso alerta inmediatemente. El piso, las paredes, forradas de tela roja, pulsaban suavemente con las luces danzarinas de colores que giraban sobre la pista de baile en forma de ocho. Elegimos una mesa rodeada de sillones empotrados en la
pared. Uno de los lugares más iluminados del negocio.

Una de las chicas tomó el sinuoso escenario, su figura gordibuena se contoneó con languidez, una de sus manos aferrada a uno de los dos tubos metálicos, dominando los pasos sobre sus tacones negros, altos como el vértigo. Se nos acercó un mesero, solícito como pocos. Se identificó como: “El negrito”. Pedimos el vodka aderezado de tres chicas que atendieran chicas. Lo que solicitamos llegó enseguida.
La muchacha que se sentó a mi lado dijo llamarse Judith. A menos ese es su nombre en sus jornadas nocturnas. Es de figura menuda y delicada, con una cara en forma de corazón, como de princesa. Sus ojos eran de un azul pupilente, le daban un aspecto desconcertante a su rostro; como de algo irreal, como de un personaje de teatro, bajado de las tablas para hablar contigo. Su piel blanquísima estaba cubierta por transparencias de intrincados encajes y una delgada membrana de seda. No está permitido tocarlas. No me aguanto la curiosidad y comienzo a hacerle preguntas. Es de Monterrey, tiene 19 años, quiere ser criminóloga.

Una señora regordeta circula por el teibol, parece una de esas magníficas cocineras de fritangas callejeras. Judith dice que ella es la “Mama”, una figura cuya encomienda es hacerlas sentir bien, ver por ellas, que coman, procurarles un analgésico si tienen cólico, dolor de cabeza. Consolarlas si están borrachas, cuidarlas de los hombres que se propasan. A final de
cuentas, me queda claro que la Mama está ahí para chiquearlas. Eso me da gusto, es como una antítesis de la figura explotadora y cruel de la Madrota o del Padrote.

“De hecho se come muy rico aquí, hoy hay pescado, lasaña, pizza. El cocinero hace platillos muy ricos. También puede prepararte una ensalada si estás a dieta. Ustedes pueden ordenar de cenar si gustan” me dice Judith.

No hay un casting para trabajar aquí. Simplemente te presentas a una entrevista y comienzas al caer la noche. La jornada es de 10 pm a 6 am. Tienen sueldo base, lo que quiere decir que si quieres te la puedes pasar sentada. Pero el verdadero dinero lo haces con los bailes, con los sexies privados y claro, con el sexo.

“Una sesión de sexo cuesta alrededor de tres mil pesos. El condón es obligatorio y hay alguien afuera del cuarto cuidándonos por si el cliente se pone mal”

Judith tiene que interrumpir su charla conmigo para subir a bailar, para mi sorpresa, se contonea al ritmo de “Strawberry Fields” mientras se va despojando de sus velos y prendas encaje hasta quedar topless y con nada más que una tanguita y sus taconazos.
Para esto, no crean que Judith se quedó a compartir de manera gratuita tantos detalles de su vida, tuve que comprarle una diminuta bebida que parecía de juguete, 250 pesos de prácticamente puro jugo de naranja con un chorrito de alcohol.

“Es que tampoco nos podemos poner borrachas tan rápido”

Una de las chicas que conversaba con otra de mis amigas se hace llamar Ángel, he de serle justa, sí hace honor a su nombre. Sus tacones de aguja son de plástico transparente, dentro del tacón hueco bailan miles de partículas de brillantina.
“A mí, la verdad, me caga estudiar” declara con desparpajo.
Judith dice que son libres de elegir su vestuario, la música y sus pasos de baile. Nadie las fuerza a nada. La truculenta historia de explotación que yo esperaba encontrar no aparece. La truculencia eso sí, está en los gajes del oficio, detalles que enumera Ángel con la pierna cruzada: la chica que estaba masturbando a un cliente en público, tener que aparentar que te
gusta un cliente para que te compre más bebidas o bailes privados, los furtivos agarrones de trasero, las confesiones de los hombres acerca de vidas insatisfechas, o aquella memorable ocasión en la que ingresó un grupo de mujeres y, tras aposentarse en el rincón más oscuro, esperaron a que llegara el marido de una de ellas. “Cuando el infeliz apareció, se le fueron encima a gritos y golpes”.

El solícito mesero me insiste, por enésima vez, que si le invito otro trago a Judith. Declino y ella se despide, toda sonrisas, diciendo que me contactará para que le haga un dibujo porque las paredes del depa que comparte con sus roomies, también bailarinas, están muy pelonas.

A estas alturas de la noche he visto a tantas chicas en lencería revoloteando alrededor de los caballeros arrellanados en los sillones que comienzo a apreciar en vivo el magnetismo de una dama enfundada en ropa interior breve y exquisita. Sí que vimos a muchas de ellas con la pinta clásica, el estereotipo burdo de la teibolera: pelo más allá de la cintura, en capas, usando tangas que apenas si son unas ligas alrededor de las caderas. Pero otras, como Judith, demuestran audacia al tener otro estilo, más fino, en la sensualidad.

Entonces tomó el escenario una mujer que me impresionó, era como una aparición de los años treintas: alta, con su cabello cortado estilo bob, lacio, brillante. Su fleco liso y sus labios rojos, su cintura breve a medio camino entre los grandes pechos y las amplias caderas. Lucía no como una muñequita recién dejando la pubertad, como Judith, sino como una dama que ha visto y vivido, con un cuerpo acorde, capaz de revelarse con sus secretos y recuerdos. Llevaba ligueros de encaje negro por debajo de un vestido de gasa color aguamarina, su figura se develaba desnuda a instantes según sus movimientos. Preguntamos por ella al mesero y tras terminar su baile, Katia llegó a nuestra mesa.

Primero le bailó a una de mis amigas, contorsionó su torso con tan elasticidad que pareció desprovista de huesos, frotó rítmicamente su entrepierna contra la rodilla de ella, moviendo sus caderas hacia adelante y atrás, con la espalda arqueada, las piernas dobladas. Los meseros se apiñaron a nuestro alrededor, deseosos de ver. Indignada y divertida, los hice irse. Para un baile privado debes pagar más. Luego me tocó a mí. Me moría de nervios.

Nunca, a diferencia de otras mujeres heterosexuales, me han dado “asco” las mujeres, simplemente hasta ahora no se me han antojado de ese modo, por eso cuando Katia se sentó a horcajadas sobre mis caderas, balanceándose y frotándose placerosamente, mis impresiones corrieron de manera cerebral, analizando el momento, pensamiento tras pensamiento: esto es lo que un hombre ve, lo que un hombre siente, esta dulzura, este perfume. Katia me dejó tocarla, -tal
vez una concesión por ser mujer- deslicé mis manos torpes por la curva nívea de sus nalgas, por su cintura y su pelo, por ese peinado que me había encantado. Le pregunté dónde había comprado sus ligueros.

“En el mero centro, en Enrique González Martínez”

Luego se irguió y apoyó las manos a cada lado de mi cabeza, inclinó su pecho hacia mí y mi cara quedó hundida entre sus senos. Nunca había sentido el cuerpo de otra mujer, sólo visto y admirado la estética de su diseño. Cuando terminó, se despidió de mí con un brevísimo beso en la boca. Pura suavidad.

Y pues nada, que sigo esperando a que Judith me contacte para dibujarle.

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