Del Plomo al Oro, Leonora

“La única persona que presenció mi nacimiento fue nuestro querido y fiel fox terrier, Boozy, y un aparato de rayos X para esterilizar vacas”-Leonora Carrington en su ensayo satírico: “Jezzamáticas o introducción al maravilloso proceso de pintar”.

Mandaron a Leonora a ser presentada en la corte de Jorge V. Era una mujer joven, hermosa y de acaudalada familia: un excelente partido.

Corría el año 1934 en Inglaterra.

A la chica le importó más hacer amistad con los animales del zoológico de Londres -especialmente con una joven hiena con la que se identificó, y que sería la base para un cuento que escribiría mas tarde: “La debutante”-  que coquetear con los chicos adinerados de la alta burguesía. Desde que era una niña que recorría con ojos maravillados los salones de su casa paterna -Crookhey Hall- en el condado de Lancashire, Leonora era ya una pequeña alucinada: un ser extraordinario lleno de sensibilidad, impresionable y empático. Creció escuchando leyendas de la mitología celta de los labios de su nana irlandesa Mary Kavanaugh y de la madre de su mamá: la abuela Moorhead:

“Mi amor por la tierra, la naturaleza, los dioses, me lo dió la madre de mi madre, que era irlandesa de Westmeath, donde existe un mito sobre hombres llamados la “gente pequeña” que pertenecen a la raza de los Sidhe, y que viven bajo tierra en el interior de las montañas. Mi abuela solía decirme que éramos descendientes de aquella raza antigua que empezó a vivir mágicamente bajo tierra cuando la suya fue tomada por invasores de diferentes ideas políticas y religiosas. Prefirieron irse a vivir debajo de la tierra, y allí dedicarse a la magia y la alquimia, pues sabían transmutar el oro. Las historias que mi abuela me contaba se fijaban en mi mente y me aportaban imágenes mentales que luego dibujaba en papel”.

"Martes" Temple sobre tabla

El fallido debut de Leonora en la alta sociedad británica no fué algo sorpresivo. Rechazada de varios internados por su naturaleza “ingobernable” e “indeucable”, Carrington demostró desde pequeña su naturaleza anticonvencional, rehusándose a someterse a nada que no le mandara su corazón. Volvió al norte de Inglaterra dispuesta a convencer a sus padres de que la enviaran a estudiar arte a Londres, cosa que consiguió a regañadientes. Ingresó en la academia de arte del pintor purista Amedeé Ozenfant, de donde aprendió sobre todo la disciplina y el rigor que también caracterizarían su quehacer artístico. La capital inglesa también sería donde conocería a su primer gran amor: el pintor surrealista de origen alemán Max Ernst.

“Conocí a Max estando aún en Ozenfant. Fue amor a primera vista. Mi cerveza comenzaba a desbordarse y Max puso su dedo sobre ella para que no se derramara sobre la mesa. Y esa fue la historia de mi gran amor.”

Desde Londres se trasladó a París en contra de los deseos de sus padres, quienes estaban escandalizados de su relación con un hombre mayor, y casado por añadidura. Leonora se reunió con Ernst en Francia, y al lado de él aprendió una nueva forma de ser ella misma, aumentando su producción artística, insertándose en el círculo surrealista, negándose a tomar el papel de simple “musa” o cualquier otro rol que que evocara los roles pasivos que este movimiento artístico les asignaba a las mujeres. Se podría llegar a decir, de hecho, que Ernst fue el inspirador de Leonora, su “musa” por así decirlo. Ella lo inmortalizó de este modo en un retrato vibrante en el que él aparece en un paisaje gélido, sosteniendo una esfera de cristal que contiene un caballo: animal con el que Carrington se identificó fuertemente a lo largo de su vida.

"La posada del caballo del alba" Óleo sobre tela

Max y Leonora se mudaron al sur de Francia, donde vivieron un tiempo de paraíso hasta que la Segunda Guerra Mundial irrumpió en su idilio y Ernst fué arrestado y separado de Leonora. Carrington tomó muy mal la detención de su pareja, cayendo en una fuerte crisis nerviosa. En ese estado la encontró su amiga Catherine Yarrow, quien la llevó consigo a España donde tras un episodio especialmente angustiante fué internada en una clínica en Madrid por seis meses.

“De repente me dí cuenta de que era mortal y vulnerable y podía ser destruida. Antes no pensaba lo mismo”.

Desde Inglaterra su familia solicitó que la transfieran a una institución en Sudáfrica, en el traslado Leonora logró escaparse en Lisboa y conseguir asilo en el Consulado Mexicano, donde su amigo Renato Leduc accedió a casarse con ella para auxiliarla y se trasladaron a Nueva York. En esta ciudad, ya recuperada de su roce con la locura retomó su quehacer artístico, exponiendo y colaborando en revistas para finalmente establecerse en México, donde formó cercanas amistades con intelectuales y artistas refugiados de guerra como Remedios Varo, Benjamín Péret y el fotógrafo Emrico Chiki Weisz, quién se convertiría en su compañero de vida tras su divorcio de Leduc.

Durante la década de los 40, Leonora insiste en pintar mujeres de grandes dimensiones, posteriormente, inspirada por pintores medievales como El Bosco, comienza a fragmentar sus composiciones y a utilizar la técnica de temple al huevo.

"La giganta" Óleo sobre lienzo

Desde los principios de su carrera, Carrington se mostró siempre como una feminista, interesándose en los problemas y desafíos que enfrentan las mujeres en comparación con los hombres no sólo en el ámbito artístico, sino en todas las facetas de la sociedad. El nacimiento de sus hijos Gabriel y Pablo, en la segunda mitad de los años 40, no disminuyó su producción creativa. La maternidad fue una experiencia profundamente positica para la pintora, sin embargo ella objetaba el exceso de trabajo que recaía en las mujeres con la crianza de los niños, y a menudo le decía a su amiga la también pintora Remedios Varo: “Necesitamos una esposa, como las que tienen los hombres, para poder trabajar todo el tiempo y que otro se encargue de la cocina y los niños, ¡Los hombres están muy mal acostumbrados!”.

“La tentación de San Antonio” Óleo sobre tela

En los años 5o los personajes híbridos comienzan a incursionar en las obras de Leonora, sus espacios se vuelven más acotados, su simbolismo, que desde siempre se nutrió de fuentes esotéricas y fantasiosas, toma un cariz alquímico mucho más marcado. Sus obras me recuerdan a los grabados crípticos del Libro Mudo, antiguo tratado de alquimia cuya primera edición íntegra data de 1677.

De ella se expresaron muchos de sus amigos y amigas, Octavio Paz la llamó: “Hechicera hechizada, insensible a la moral social, a la estética y al precio”. La galerista Inés Amor dijo de ella, en 1975, que “Es una pescadora de sueños o estrellas”. El crítico de arte Luis Carlos Emerich dijo que Leonora era: “Una fantasía en pie, con la fantasía como sello. Una mujer culta e inteligente que parece tenebrosa pero que es un chistorete cotidiano. Creadora de mundos donde confluyen el juego eterno del bien, el mal, y el conocimiento. Pintora compleja, abigarrada, irónica, con una sintaxis que escapa a la anécdota. Surrealista que es pura intuición y sabiduría de los valores esenciales: vida, muerte, destino y trascendencia del ser.”

Leonora nos dejó el 25 de mayo pasado. Tenía 94 años. Sus esculturas adornan el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. Cuando pienso en ella, me maravillo de saber que vivió un círculo completo, convirtiéndose ahora en leyenda, dejándonos todo un manual de cómo convertir el plomo en oro.

"La hija del Minotauro" Óleo sobre lienzo

"La cocina aromática de la abuela Moorhead" Óleo sobre lienzo

“Estoy armada de locura para un largo viaje”

-Leonora Carrington

En este año salió publicada la novela “Leonora”, de la escritora, activista y política mexicana Elena Poniatowska, amiga íntima de la pintora. En esta obra, Poniatowska retrata la vida de la artista, desde sus orígenes como heredera de un magnate textil hasta su elección de llevar una vida distinta. La novela ganó el Premio Seix Barral de Biblioteca Breve.  

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